“Cómo ir con tu coche a África y no morir en el intento VIII” (5 ENE – …)

 Y ya estamos a 5 de enero, el día que salimos de Madrid queda tan lejos ya…

Ese día desayunamos rodeados por un montón de niños curiosos que no nos quitaban los ojos de encima. Y salimos hacia lo que era nuestra meta en este viaje.  Atravesando la ciudad de Bandiagara, enfilamos hacia el País Dogón. El corazón del África Negra, profunda y ancestral, llena de historias, magia y misterio.

Nuestra primera parada fue en Kani Kombolé donde nos recibió con efusivas muestras de alegría el jefe de la aldea, un anciano muy simpático que no paraba de hacer aspavientos y dar gracias a Dios por que habíamos llegado bien. Nos colmó de bendiciones y continuamos nuestro camino. Atravesamos Teli, preciosa con la luz de la tarde, con sus casas adosadas al acantilado, donde habitaron hace siglos los Tellem (pigmeos) y más tarde los Dogón y que allí permanecen protegidas por las grandes rocas de la falaise.

La forma de entender la vida y el mundo de este pueblo es profundamente animista. Creen que sus dioses, los Nommo, son medio anfibios que llegaron del cielo y hay constantes representaciones de estos personajes en estatuas, puertas y Togou-nás. Su cosmovisión es única en el mundo y se cree que poseían conocimientos astronómicos imposibles para una sociedad sin medios tecnológicos.

Claro, sobre todo esto hay mucha polémica, pero a mi me encanta creer.

Después de atravesar caminos llenos de bancos de arena, sin tascarnos decidimos instalarnos unos días en Ende. Allí conocimos a un jefe de aldea antipático, jóvenes vendedoras de cajas de calabaza, artesanos del índigo y de bogolán,  escultores de la madera y el bronce.

Visitamos otros pueblos como Djabatoulou, Bagourou, pero esta vez en una carreta tirada por un buey, mucho más auténtico y más divertido, dónde va a parar. En Teli  Subimos a la Falaise acompañados por el sabio Babilon, que nos explicó la forma de vida y creencias de los antiguos moradores de esas casitas diminutas.

En fin, este país es demasiado. Me dejó atónita y me siento incapaz de contar en unas líneas todo lo que allí vi y aprendí. Allí me llené de paz y de serenidad. No hace falta hacer nada, solo ir.

Así que lo contaré más despacio y con detalles, ya al margen de esta crónica que aquí termina…