Nos levantamos por la mañana en Mopti..

Nos levantamos por la mañana en Mopti en casa de nuestro amigo Babylón del que ya os he hablado antes. Recogimos nuestros trastos y los cargamos en la furgoneta, desayunamos rápidamente y salimos de esta preciosa ciudad a la orilla del Río Níger, La Venice Malienne la llaman. Volveríamos en pocos días.

Tomamos rumbo a Bandiagara una ciudad que da nombre a la espectacular Falla del País Dogón. No está lejos, sólo unos kilómetros así que llegamos en seguida. En una enorme rotonda se erige la estatua del cazador y su perro. Más adelante conoceríamos un cazador de carne y hueso, toda una experiencia. Bueno allí a la izquierda se encuentra el Hotel La Falaise, con su simpático gerente Alí, que nos lo enseñó encantado. Tomamos un refresco para pasar el calor en el fresco patio, con piscina y todo!

Y continuamos nuestro camino rumbo a la Falla. El paisaje empezó a cambiar de nuevo. Atravesamos campos de cultivo y huertas donde los habitantes de Bandiagara se ocupan ahora que el turismo está de capa caída. Durante años la afluencia de turistas ha sido enorme en esta región y muchos se ganaban muy bien la vida en hoteles y restaurantes, como guías, etc… A raíz de la rebelión del Norte la cosa cayó en picado y hoy no les queda más remedio que volver a lo de antes, a cultivar el campo humildemente. Muchos han emigrado a otras zonas de Mali y a otros países como Burkina Faso. ¡Qué duro! Espero que esta situación acabe pronto porque como dice el proverbio africano “Cuando dos elefantes pelean, la que sufre es la hierba”.

Los verdes campos empezaron a tornar rocosos, el paisaje un poco lunar. Y la carretera cada vez más sinuosa, hasta que llegamos a ver la falla, qué maravilla, me quedé con la boca abierta. Comenzamos a descender hasta la planicie y llegamos al pueblo de Kani Kombolé. Allí nos recibió el jefe del pueblo haciendo aspavientos, estaba contentísimo con nuestra visita y nos lo demostraba estrechándonos la mano una y otra vez y cubriéndonos de bendiciones.

Empezaron a mostrarnos artesanía Dogón, algunas piezas que llevaban allí guardadas mucho tiempo. Preciosas. Nines se quedó allí eligiendo algunas para su tienda y César y yo nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo. Así vimos la preciosa mezquita de estilo sudanés, la tuguna, las pilas de ladrillos de adobe, los graneros y la vida cotidiana del pueblo, tan remoto.

Algunos niños se acercaron cantando” Toubabou Cadeau” (pidiéndonos un regalo) una mala costumbre, secuela del turismo paleto, de los que van allí a sentirse como Papá Noel, repartiendo monedas, bolis y caramelos a los niños que se han acostumbrado a pedir y aunque algún adulto les regaña, probablemente seguirán así toda la vida. Para eso están tantas organizaciones que se limitan al puro asistencialismo y a dar eso, un regalo, que soluciona bien poco, crea dependencias y elimina la dignidad que da el trabajo. Ya se que en ocasiones hace falta y está bien que alguien lo haga pero a mi es que me repatea. Lo siento mucho.

Con la emoción del viaje nos olvidamos hasta de comer, y recorrimos la distancia hasta Ende con la luz de la tarde que le daba a la Faliase un tono anaranjado majestuoso y apreciamos a lo lejos las diminutas casitas anidadas allí en las alturas, en una pared de roca vertical. Increíble. ¿Porqué construir allí? Desde luego no por capricho, más adelante nos lo explicarían.

Y en Ende nos instalamos en la azotea de la casa del Jefe de la aldea, Ni mucho menos tan simpático como el de Kani Kombolé. Es un viejo  un poco revirado, un poco chungo. Probablemente albergaba cierto rencor hacia los “Toubabous” y aunque no lo demuestra abiertamente, su mirada lo refleja…