¡Qué nervios!

Nos levantamos cuando el sol todavía no había salido. La causa de tanta emoción era en realidad una simpleza, que de puro simple, a mi me motivaba. Y es que íbamos a seguir adentrándonos en el mágico País Dogón , pero debido a los inmensos bancos de arena, en vez de ir en la furgoneta recorreríamos el camino en un carro tirado por un buey. A la africana total.

Esto que parece una tontería, es un gran acontecimiento para una chica de ciudad como yo, ¡toda una experiencia!

Después de cuarenta minutos de traqueteo llegamos al poblado de Djabatoulou donde visitamos al anticuario y a su padre, un anciano que escondía preciosas piezas de bronce enterradas en su pequeño almacén.

También llegamos hasta el Bagourou donde encontramos a los artesanos en pleno trabajo, tallando al madera y decorándola con la técnica de la pirografía. Marcando la madera con un cuchillo al rojo vivo.

La mañana había pasado volando, o más bien traqueteando , jejeje.

Regresamos a Ende para recoger nuestras cosas, tocaba ponerse en marcha de nuevo.

Después de una comida ligera salimos hacia Teli, un pueblo al pie de la Falla de Bandiágara.

Nos recibió el cazador luciendo su macabro atuendo lleno de cráneos y huesos colgando, cargado de simbología, que despertaba el respeto entre todos los presentes. Se lo había puesto para impresionarnos, para que notáramos la importancia de su persona y lo consiguió.

Desde Teli se puede llegar a pie al antiguo pueblo, el que está ahí arriba, en la falla. Nos acompañaba Babylon, que nos explicó con todo detalle la historia  de los Tellem y de la llegada de los Dogón. De los Nommos y su relación con la estrella Sirio. De la famosa máscara dogón llamada Kanaga que sale a danzar solo cada 60años, coincidiendo con ciertos acontecimiento astronómicos.

De los poderes de su líder espiritual, el Hogón, elegido entre los ancianos. De la importacia de la lluvia y de los ciclos agrícolas, que se relacionan con la resurrección. De ritos y creencias ancestrales…

Vimos allí las pequeñas casitas de los Tellem, la morada del hechicero y la del cazador decorada con cráneos de las piezas que se cobró. El acceso ahora prohibido al antiguo cementerio, expoliado por los garrulos de siempre. Un paseo inolvidable entre historia y rocas.

Debíamos descender antes del anochecer, y así lo hicimos. Y tomamos el camino de regreso a la ciudad de Mopti, al día siguiente teníamos planeado recorrer los ríos Bani y Níger en pinaza. La ilusión de continuar el viaje no consiguió suavizar la profunda tristeza de abandonar el País Dogón. Me habría quedado allí más tiempo, una temporadita, para conocerlo un poco más a fondo. Pero tocaba continuar. Ya habrá más ocasiones.

Volvimos a pasar por la misma carretera de hacía unos días, esta tarde llena de mujeres caminando en pequeños grupos. Había sido día de mercado en Sebaré y las mujeres de toda la región acuden a vender sus productos y también a comprar.

Alguna afortunada tenía una bicicleta, pero la gran mayoría hacían el largo camino a pie. Kilómetros en chanclas. Muchas caminaban toda la noche. Cargadas con sus mercancías sobre la cabeza y algún crío a las espaldas. Y pensé que cuando en Europa una mujer dice que está cansada, simplemente no es verdad. (Lo de los hombres, tanto africanos como europeos lo dejaremos para otro día)