Bajo una imagen deliberada de no haber roto un plato en su vida y una delatora mirada a la lejanía, se esconde la exploradora Mary Kingsley, dama victoriana, viajera y escritora.

Nació en Londres en 1862 en una reconocida familia de investigadores y escritores. Su padre, el Doctor George Kingsley, proporcionaba asistencia médica a sus clientes más ricos durante sus periplos por el extranjero y de paso alimentaba su propia “hambre insaciable de viajes y experiencias”. De esta manera amasó una buena colección de libros de viajes y otras curiosidades que serían con el tiempo el refugio de su hija.

Como la mayoría de las niñas en la Inglaterra Victoriana, Mary nunca fue a la escuela y dedicó su juventud al cuidado de su enfermiza madre, antigua criada del Dr. Kingsley con la que se casó obligado después de dejarla embarazada, cuatro días antes del nacimiento de la niña. Pero este panorama no impidió que Mary sacara tiempo para devorar la biblioteca de su padre y cultivar entre cuatro paredes su propio interés por conocer el ancho mundo.

El mismo año que alcanzaba la treintena los padres de Mary fallecieron y ella quedó libre al fin de responsabilidades y con una renta anual de 500£. Así que tomó rumbo a África, el continente que siempre la había fascinado.
En Agosto de 1893 se embarcó hacia Freetown, Sierra Leona, cargada de material para recoger muestras de insectos, peces y plantas en lo que fue su primera gran expedición. Contra todo pronóstico regresó sana y salva, para volver a irse al año siguiente, esta vez con la intención de escribir un libro.

Vestida de negro de la cabeza a los pies, excepto por su corbata de seda roja, se encaró con un continente desconocido con el empeño de conseguir un nuevo espécimen o llegar donde no hubiera aún huellas europeas. De hecho, fue la primera mujer europea en alcanzar la cima del monte Camerún

Tuvo ciertos encuentros peligrosos con depredadores, algunos muy pequeños pero numerosos “Nunca había visto mosquitos y tábanos en cantidades tan espantosas” . En una ocasión apartó a un cocodrilo que amenazaba su canoa con un golpe de remo en el hocico y también es famoso su cruce de miradas con un leopardo en medio de la jungla.

“Nunca he herido intencionalmente a un leopardo, normalmente soy amable con los animales. Además no me parece propio de una señora ir disparando por ahí”.

Su femineidad nunca fue un problema, más bien lo contrario. Su imagen, tan diferente le permitió acercarse a los africanos sin problemas, especialmente a las mujeres. Incluso los caníbales Fang llegaron a confiar en ella y le permitieron convivir con ellos un tiempo. Esta experiencia y su empatía natural llevaron a Mary a replantearse su forma de pensar.

A pesar de estar orgullosa del imperio Británico, fue abiertamente crítica con el afán misionero y la administración colonial que se entrometían en las formas de vida tradicionales que tan bien se adaptaban al contexto africano.

“Sé que los Fang se han comido a algún que otro blanco. Mas me parece que su canibalismo no nos tiene a los blancos por plato precisamente exquisito, sino de simple necesidad, como recurso cuando no hay otras viandas…o cuando el blanco ha dejado de ser tonto porque se ha creído muy listo”

Promovió un acercamiento basado en la justicia y el respeto a las instituciones nativas antes que la imposición de un sistema ajeno, basado en la cooperación para el beneficio mutuo antes que la explotación y habló del “gobierno de África por los africanos”. Ella no consideraba a “los nativos como ‘inferiores’… sino con un tipo de mentalidad diferente de la del hombre blanco – un tipo de mentalidad muy aceptable, a su manera”

Escribió dos libros tan entretenidos como rigurosos Viajes en África Occidental (1897) y Estudios sobre África Occidental (1899) que contenían nuevas explicaciones sobre el “intrincado sistema que encontramos entre los africanos y que hemos quedado en llamar brujería, fetichismo o yuyu” incluyendo ceremonias de iniciación, decoración corporal y demás. Pero lo más interesante es que también expresaban sus desafiantes puntos de vista sobre el proyecto imperialista en África Occidental.

Demostró a través de sus libros y conferencias que la voz de una mujer merecía ser oída y podían dejar huella. Su individualidad, independencia, valor, resistencia y convicción probaron lo fuerte que puede llegar a ser una mujer. “Las mujeres somos como los africanos, diferentes”.

Mary Kingsley partió hacia África por última vez en Marzo de 1900 durante la segunda guerra de los Bóer. Se alistó como enfermera voluntaria y murió de fiebre tifoidea en Simon´s Town donde curaba a los prisioneros Bóers. Según sus deseos, fue sepultada en el mar.