DIA 12 DE AGOSTO DE 2013. De Kolokani a Bamako.

Esa mañana fue diferente. Estábamos muy relajados y no teníamos ninguna prisa.
Recogimos nuestros bártulos y salimos a buscar un sitio para desayunar. Nos instalamos en un chiringuito callejero, de esos que nos gustan tanto. Pedimos Nescafé y Lipton acompañado por un estupendo bocata de tortilla francesa con cebolla y tomate. Desayuno potente ¡para tener energía todo el día!
Hasta allí se acercó un señor con un niño pequeño, su nieto probablemente, y se dirigió a nosotras en un español perfecto, pero con un peculiar acento ¡qué gusto escucharlo! Nos contó que él era uno de esos chicos burkinabeses que en los ochenta envío el Presidente Sankara a cursar estudios universitarios en Cuba. Estuvo allí siete años. Disfrutamos de la conversación un buen rato, nos despedimos de ellos con una sonrisa y tomamos rumbo a Bamako.

La entrada a esta ciudad es simplemente espectacular. Desde lo alto de la colina se vislumbra una ciudad enorme atravesada por el Río Níger. Ese cielo de Malí tan azul con nubes como de algodón. El paisaje perfecto. Bajamos de la colina por una carretera llena de curvas rodeada por altos árboles que la cubrían de sombrita fresca.

Según nos íbamos acercando al centro, cada vez más gente, más motos, más autobuses, más coches, más bicis, más taxis… Que empiece el baile señores, estamos en Bamako.
En una guía de viaje que llevaba Amaya buscamos un hotel barato para instalarnos.
Encontramos uno en el Barrio de Baco Djicoroni, al otro lado de la ciudad, al otro lado el río.
Sobre el plano parecía más fácil, pero luego nada de lo que había sobre el papel parecía coincidir con la realidad. Preguntamos mil veces y dimos dos mil vueltas pero al final llegamos. Y esta se convirtió en nuestra manera de circular por Bamako. Dando vueltas.
La guía describía el hotel como el preferido de los jóvenes mochileros. Y no me extraña jejeje. Lo primero era el bar, luego el rinconcito-escenario para las actuaciones en directo, luego un patio con mesa de billar y dardos.
Y en el piso de arriba las habitaciones, preciosas pero abandonadas.
El recepcionista se quedó asombrado al vernos. Un poco después vino el dueño del Hotel, un chico francés enamorado de Malí, que se instaló allí hace unos años.
Nos contó algo que ya habíamos notado. A Malí no va nadie, ningún turista desde el año pasado, desde que comenzaron los problemas en el norte del país. Y a pesar de que Bamako queda muy lejos de eso, la gente no se atreve. Es la consecuencia de cómo tratan estos temas en la televisión, de una forma alarmista, amarilla y paleta…
Así que mucho hoteles y restaurantes estaban cerrados. ¡Qué pena! Recordaba el bullicio de la primera vez que estuve en Bamako en 2010…

Ese día lo pasamos tranquilos, lavamos la ropa, descargamos las fotos, compramos una SIM para el móvil, buscamos un sitio con wifi etc…
Por la noche salimos a cenar y después regresamos a nuestro hotelito, que a esas horas parecía más bien una discoteca, jajaja. La música fuerte, el patio lleno de gente… Así no apetecía irse a dormir! Nos quedamos a tomar una cerveza “Castel” y jugar un partidita en el billar. Nos merecíamos una fiesta!